viernes, 2 de febrero de 2007

EL UNO, O SEA, DIOS, O SEA, YO.

  1. La fuerza intrínseca del Haber, aquella que, estando en todo lo real, hizo posible la irrupción del mundo frente a la imposible nada, -decíamos-, se abre camino a lo largo del espacio-tiempo dotando a lo real, a cada paso, de nuevas dimensiones de existencia. De modo que, como un río de lava ardiente, va avanzando hacia novedosas formas de existencia cada vez más complejas y completas. Así apareció la vida, y la conciencia humana... Pero con ello el Haber aún no se ha desarrollado plenamente (quizá nunca lo haga, pues hacerlo significaría la quietud, la ausencia de tiempo, la anulación misma del Haber). Lo que sí sabemos es que, al menos en nuestro análisis, falta un paso fundamental por describir: la propia autopercepción del Haber, la conciencia que el propio Haber tiene de sí mismo como Haber.
  2. Hasta ahora, los seres humanos, como conciencias que son, saben de su propia existencia individual, pero piensan (y no están del todo equivocados) que son unos individuos independientes de o ajenos al resto de lo real. Se sienten como “yo mismo frente a lo que no soy yo”, “alter” del mundo físico circundante.
    Sin embargo, esta Biblia, se hace eco de los caminos que los grandes profetas del pensamiento racional nos han brindado para alcanzar un estadio de comprensión mayor sobre la realidad y llegar a la que, por el momento, es la suprema sabiduría: conocer la última dimensión a la que el Haber ha llegado. Resulta que los individuos, por muy ajenos, independientes o “alter” que se sientan unos de otros o respecto del resto de la realidad, no son, en el fondo, más que eso, realidades. Del mismo modo que los dedos que ahora están tecleando estas palabras no son independientes, sino que están indisolublemente unidos al resto de mi ser de modo que no son ellos los que piensan estas ideas, ni mi cerebro el que las escribe sino que soy “yo” quien lo hace, del mismo modo, digo, no es el individuo un ser aparte del resto de la realidad, sino que no es más que un trozo de esa realidad que tiene ante sí y de la que no puede separarse por mucho esfuerzo que haga o por muy distinto que se sienta.
    Cada uno de nosotros, igual que poseemos átomos que pertenecen a la realidad, que constituyen ellos mismo la realidad, también somos parte de la realidad. Así como cuando algo me pincha en la mano, además de dolerme “la mano”, soy yo y no exactamente la mano el que siente el dolor, del mismo modo, cuando un ser humano es consciente de su propia existencia, cuando sabe de su vida y de su muerte, cuando, en definitiva, conoce el Haber y la imposibilidad de la nada, en ese instante, no es exclusivamente él quien está siendo consciente de tales cosas, sino que es la realidad misma, de la que él es parte indisoluble, quien está percatándose de ello. Cada cual no es en el fondo sino una especie de tentáculo tendido por la realidad en este desarrollo espacio-temporal para abrir dimensiones nuevas. Lo que ocurre es que, en el caso del ser humano, nosotros hemos sido los tentáculos que han captado mucho más que simples sensaciones de otras realidades, sino que nos hemos captado a nosotros mismos y, con ello, es la realidad completa la que se ha captado, a través de nosotros (sus órganos de percepción), a sí misma.
    Desde la existencia del primer ser autoconsciente, el Haber ha sabido de la existencia del Haber, pero dicho conocimiento no era pleno. Y es que el Haber no tiene otro modo de saber de sí mismo y de lo demás si no es a través de sus tentáculos humanos. De esta manera, el propio avance del conocimiento humano es el camino que el Haber tiene de avanzar en sus propios conocimientos pues estos en nada se diferencian de los conocimientos humanos. Por tanto, hasta que el ser humano no se percate de que es él quien aporta la autoconciencia a la realidad, no será el Haber plenamente consciente de su propia realidad.
  3. Así llegamos al punto álgido del pensamiento humano: nos hacemos conscientes de la importancia de nuestra propia autoconciencia para el universo entero. Somos nosotros quienes aportamos a lo real una visión de sí mismo. Lo real, el Haber, es Uno; es un Todo en despliegue permanente del que nosotros formamos parte y somos el órgano de autopercepción que dicho todo posee. Yo, cuando pienso, soy el Todo que está pensando. Del mismo modo, Tú también lo eres. Todos somos una perspectiva que la realidad tiene de sí misma. Controlamos con nuestro pensamiento el pensamiento del Todo. Todos nosotros somos, sin paliativos, sin metáforas, sin excepción, DIOS mismo.

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